La vida escrita. El tiempo de las cerezas
El sábado 8 de agosto de 2009, a las 9.25 de la mañana, en su casa, murió el Premio Nacional de Literatura (de Chile), Alfonso Calderón. Cuando eso pasó, tenía sobre el escritorio las pruebas de un nuevo volumen de sus diarios, El mirlo burlón. Diarios 2000-2002, libro largamente pospuesto (primero por mí, después por él, después por mí) que, finalmente, aparecería esta semana. Lo que sigue no es una necrológica, sino el recorrido egoísta por las cuarenta y ocho horas que pasaron desde entonces en algunos lugares de mi cabeza.
No lo conocía tanto como otros y mucho menos como para escribir algo razonable, algo tan razonable como los miles de textos que comenzarán a aparecer a partir de ahora. En algún punto, me era
imposible medir su verdadera importancia (por ignorancia, por extranjero o, tal vez, solo por cierta forma de la velocidad) y los pocos retazos de inteligencia, profundidad y esa conversación (con
una sonrisa como ladeada, como sabiendo todo) que llegué a conocer alcanzaron a hacerme algún tipo de marca que ahora, con la noticia y tantos libros después, sé que se volverá indeleble.
En los últimos siete años, nos habremos visto unas veinte, treinta, cuarenta veces, cada vez que un libro suyo estaba por aparecer o cada vez que, un poco por azar o porque
alguien lo traía, se daba una vuelta por la editorial. Ahora, que murió, vuelve con la carga de la culpa y la potencia de su escritura: estábamos (estamos) a punto de sacar un nuevo volumen de sus
diarios, el que abarca desde el 2000 al 2002, y que se llamaría El mirlo burlón. El título, que me parecía horrible y según supe recién al leerlo, proviene de la canción "Le temps des
cerices" (El tiempo de las cerezas), que comenzó a formar parte de la cultura popular francesa desde los breves tiempos de la Comuna de París, de la que llegó a ser un himno. Los versos finales de la
primera estrofa dicen: "Quand nous chanterons le temps des cerises / sifflera bien mieux le merle moqueur" (Cuando cantemos la época de las cerezas / silbará mucho mejor el mirlo burlón).
Aquí, una versión belga (escuchar).
Lo empezamos el año pasado, avanzamos durante el verano de 2009 y hacia abril o mayo, no recuerdo bien, me pidió unos días para incorporar unos textos sobre "un verano en
Caleu en el que leí mucho más de lo que acostumbro" (se refería, claro, a sus míticas doscientas cincuenta páginas diarias, así que quizás hayan sido cuatrocientas, quién sabe). Me mandó unas hojas
mecanografiadas, con fechas aproximadas (creo que eran de enero o febrero de 2000), para incorporar a los diarios en donde correspondía o, si era muy complicado por algún motivo técnico de la
diagramación del que no quería saber nada, "donde tú quieras".
La editorial en la que soy, y que es de sus amigos, publicó veintiocho libros de Alfonso Calderón en los últimos catorce años (ver el listado
completo más abajo). De todos esos, apenas tuve una participación lateral y seguramente mediocre en algunos de los últimos, pero eso bastó para que, de alguna manera, el tipo estuviera
presente en mi vida con una constancia inusual. Siempre, pero siempre había un original de los diarios Alfonso, escrito a máquina en hojas pequeñas, con tachaduras de Liquid Paper y arreglos a mano
con esa letra prolija y pequeña. Ahora mismo están los originales de El mirlo... pero también un grueso volumen, casi del mismo tamaño que los anteriores, que abarca un solo año: el 2006.
Iba a traernos los "años que faltaban", que son desde el 2003 al 2005, y me comentó por teléfono, la semana pasada, que iba "al día con 2009", por lo que podía esperar que a fines de este año
estuvieran los años actuales, 2008 y 2009. Eso significaba, creo, algún tipo de final, algún tipo de bandera a cuadros en una carrera en la que competía contra sí mismo y contra esas páginas que, día
a día, fueron cifrando, al menos en apariencia, un mínimo fragmento de sus lecturas y su vida.
Todo esto me estalla en la cabeza al enterarme de su muerte. Cosas que pensé alguna vez de manera desprolija y que ahora, con esa carga que traen las noticias inesperadas,
se vuelven más claras y más perfectas porque no me pertenecen. Habíamos hablado el viernes anterior, el día anterior (me llamó por otro proyecto, en el que no estaba involucrado directamente pero que
le interesaba de manera lateral: quería hacer un "pequeño aporte" y contarme algunos chismes). Todo esto me estalla en la cabeza porque esa máquina infernal seguía funcionando como siempre: libros a
punto de salir, libros publicados, libros que eran proyectos, los diarios corriendo hacia adelante a una velocidad que, de pronto, parecía estar a punto de igualarse entre la de la realidad de su
vida y la de su escritura.
Siempre creí que los tipos que escriben diarios están mal de la cabeza. El registro escrupuloso de cada cosa que pasa, en donde sea, tiene para mí algo de burocrática
constancia que, en su repetición, se vuelve un hábito tan inexplicable como cualquier otro (apagar las luces en cierto orden, guardar el dinero en el bolsillo izquierdo y no en el derecho). Las
metáforas suenan invariablemente mal, pero quizás un diarista encuentra en esa práctica una defensa contra lo que, por el motivo que sea, no cabe en las páginas que él mismo escribe. Los diarios de
Calderón tienen algo de eso y, estoy seguro, aunque rara vez lo dicen, responden al registro exacto de una vida, día por día, desde al menos 1939. Aunque los diarios reflejan, primero, un mapa
alucinante de sus miles de lecturas, estoy seguro de que eso bastaba para que él y quizás unos pocos más pudieran encontrar los guiños suficientes para recuperar una vida real. Desde Proust, es
cierto que el recuerdo es una masa informe de palabras que lo evocan y que jamás, porque es imposible, podrá volver a unirse con la realidad que lo sustenta. Sabiendo eso, Calderón escribió su vida
completa a partir de los libros que leía, porque sabía que eran el recuerdo mejor y eso los hacía invencibles.
Si, por el motivo que sea, me creía enlentecido y derrotado con el volumen de diarios que preparábamos (El mirlo burlón), ahora siento que la carrera es desigual y
que Calderón lleva la delantera, tanto que ya cruzó la meta y se consagró como el lógico ganador. Si ahora pudiera pensar todo eso con otra velocidad, con otro tiempo, es posible que las cosas
resultaran igual y que, siempre, la velocidad de su cabeza de diarista fuera superior a la de cualquiera de sus imperfectos seguidores. Me aterra la idea de que, de aquí a dos, tres, cuatro o cinco
años, se acabarán los originales que tendremos para publicar de Alfonso Calderón, escritos a máquina en hojas pequeñas y marcados con correcciones en su letra diminuta y casi infantil. Aunque nos
lleve mucho tiempo y nos salga de manera imperfecta, recién entonces la carrera tendrá un sentido y será porque apenas habremos empatado.
Santiago, 10 de agosto de 2009.
• Libros de Alfonso Calderón en RIL editores
Poesía
Una bujía a pleno sol (1997)
Testigos de nada (1997)
Árbol de gestos (1998)
Toca madera (1998)
Poemas griegos (1999)
Santa María de los Ángeles (2000)
Cuaderno de Chiloé (2001)
Cuaderno de La Serena (2001)
Regreso a Santa María de los Ángeles (2001)
Cuaderno de Punta Arenas (2001)
La mirada del espejo (2001)
Ensayos, compilaciones y crónicas
Alone: el vicio impune (1997)
Martín Cerda: palabras sobre palabras (1997)
Ángeles de una sola línea (1998) Ver
Benjamin Subercaseaux: noticias del ser chileno (1998)
Diccionario de voces desautorizadas (1999)
Memorial de Valparaíso (2001) Ver, traducido como A memorial to Valparaíso (2005)
Ver
Memorial de Santiago (2004) Ver
Memorial de la Estación Mapocho (2005) Ver
Diarios
La valija de Rimbaud (1995)
El vuelo de la mariposa saturnina (1995)
Cayó una estrella (1996)
El olivo viejo que lloraba (1999)
Traje de Arlequín. Diarios 1993-1995 (2002)
Diario de Bélgica. 1983-1987 (2003)
Palimpsesto. Retorno a Sicilia (2005) Ver
El misionero involuntario (2007) Ver
El mirlo burlón (2009, en prensa)
El día invisible




