Textos de:
Ricardo Colautti • Sergio Bizzio • Daniel Calabrese • Miguel Briante • Mario Levrero • Marcin Sendecki • Piotr Sommer • Antonio Cisneros • Taddeus Golas • Raymond Chandler • Alejandro Sieveking • Juan Marsé • Frank McCourt • Roberto Bolaño • Alberto Laiseca • Alfonso Calderón • Marcel Proust • Juan José Saer • Francis Ponge • Yukio Mishima • Alan Pauls • Brian Aldiss • Walter Benjamin • Enrique Butti • Jean Cocteau • Wang Tai • Prensa
• La antena del mundo
Frente a mí un hombre apoyado en la barra del mostrador sostenía una copa de champagne en la mano derecha. Uno de sus pies estaba sobre una banqueta. Una morocha vestida con pollerita corta se acercó y me ofreció cigarrilos. "¿Quién es ese?", le pregunté señalando hacia el mostrador: "No sé", me contestó la morocha, "es la primera vez que viene, me dijo que era una antena del mundo". "Es un vivo", le dije. El hombre tenía una expresión extraña, los ojos rasgados y luminosos y facciones muy chicas. "¡Eh, Antena!", le grité. El hombre me miró sonriente, sopló el vaso de champagne. Salió una pequeña burbuja. A medida que venía hacia mí la burbuja se fue agrandando. Era una burbujita amarilla de consistencia parecida al plástico. Comenzó a soplar viento sur y la burbuja avanzó rápido hacia el norte. Se pinchó sobre el mostrador frente al Antena y a vos. "Diana", te dije, "si no hubiera sido por estos zapatos de crépe voladores y por tus ojos mi vida hubiese sido distinta". Mi miraste de arriba abajo y luego te quedaste mirando mis zapatos.
[Ricardo Colautti, "Imagineta" (1988), en La conspiración de los porteros, Buenos Aires, Mansalva, 2007, pág. 114]
[6 de agosto de 2009]
• Aprehensivo
Siete años atrás, al día siguiente (recién entonces) me di cuenta de que era padre, un padre. Julián había tenido una complicación respiratoria y pasó varias horas en una incubadora. Le habían puesto una campana de vidrio en la cabeza, dejando los bracitos afuera para que no se arrancara las cánulas, y lloraba, lloraba sin sonido, lloraba y yo no podía oírlo, agitaba las manitos en el aire y no podía tocarlo... Durante los meses siguientes estuve particularmente atento a su respiración. Podía oírlo hasta dormido (cuando yo dormía). Tenía miedo de que se ahogara, que perdiera de masiado peso o que tuviera alguna enfermedad; cuando empezó a gatear tuve miedo de que pusiera un dedo en un enchufe, que se tragara un encendedor, que se metiera algo en el oído; cuando empezó a caminar temí que se golpeara con la punta de una mesa, que cayera del balcón, que se metiera en el lavarropas; cuando empezó a ir al colegio tuve miedo de que un extraño lo robara, que lo abusara el profesor de flauta... La lista era infinita. Un hijo es una industria de producir terror.
[Sergio Bizzio, Era el cielo, Buenos Aires, Interzona, 2007, p. 141.]
[24 de julio de 2009]
• Prodigio / Prodigy
El trabajo de este día consiste en llevar
una piedra de aquí para allá.
Es una roca muy pesada, más que un buey,
más que una bolsa cargada de lluvia.
Parece un agujero prehistórico, un espejo negro
a punto de tragarse el mundo.
El trabajo de este día consiste en alzar
esa piedra con los ojos
y depositarla suavemente en el medio del camino
para que se detengan los ciclistas,
que se detenga la música de fondo,
que se detenga la Ruta Dos
a la hora señalada por las arterias rojas.
Y cuando todo esté detenido,
entorpecido por la piedra,
detenidas las generaciones ilustradas y piadosas,
detenido el amor entre las cosas naturales
y las cosas manifiestas,
el trabajo, entonces, consistirá en sacarla de ese lugar,
levantar la piedra nuevamente con los ojos cansados
y enterrarla por ahí, en la nada,
en ese lago de cerrada indiferencia
donde cruje la cama, alumbra el televisor,
brillan los motores, cae el vino adentro de la luz,
se pudren la memoria y las conversaciones tristes,
y se hunden, con la piedra, en la más completa extinción.
(para Mallo)
PRODIGY (translated by Jonathan Dunne)
The work of today is to carry/ that stone from here to there.// It's a very heavy rock, heavier than an ox/ or a sack laden with rain,/ like a prehistoric hole or a black/ mirror that could
swallow a world.// The work of today is to raise/ that stone with the eyes/ and gently lower it on to the middle of the road/ to stop the cyclists,/ to stop the background music,/ to stop Route Two
at the time/ indicated by the red arteries.// And when everything has been stopped,/ slowed down by the stone,/ including the pious and enlightened generations,/ including the love between things
natural/ and things manifest,/ the work will be to take it away,/ to lift that stone once more with tired eyes/ and bury it somewhere, nowhere,/ in the lake of self-contained indifference/ where the
bed creaks, the TV set glows,/ engines shine, wine spills into light,/ memory and sad conversations rot/ and sink with the stone into utter extinction.// (for Mallo)
[Poema inédito de Daniel Calabrese (Dolores, 1962). Ha publicado La faz errante (1989), Futura Ceniza (1994), Escritura en un ladrillo (1996) y Oxidario (2001). Este poema fue publicado en la antología virtual Small Stations, que puede verse haciendo clic aquí].
• Ley de juego
El Moro se miró el muñón, miró la mano caída contra el pasto, muy cerca de la taba, miró la taba caída contra el pasto, muy cerca de la mano y brillante, ganadora, y con la mano que le quedaba sacó el cuchillo.
El otro se abrió de piernas, se acomodó en el mundo como si le quedara chico y, sonriendo, lo esperó.
[Miguel Briante, Ley de juego, Buenos Aires, Sudamericana, 2002, p. 191]
[22 de junio de 2009]
• Dos polacos
Marcin Sendecki / Sin título
Ceniza, cáscara naranja/ en el cuarto, en la escalera./ En la cama de la foto. Tu perro/ apesta detrás de la puerta.
Piotr Sommer / Te aseguro
De veras no encontrarás mejor lugar/ para estos cosméticos, incluso si por fin logramos/ comprar un estante para el baño y/ ya no los tirarás con la toalla;/ siempre habrá mil razones para quejarse/ y mil pedazos de vidrio en el suelo/ y mil nuevas tristezas;/ y de nuevo habrá que levantarse temprano.
[101. 6 poetas polacos contemporáneos, antología bilingüe, Santiago, RIL editores, 2008; selección y prólogo: Maciej Zietara; traducción: Maciej Zietara y Mauricio Barrientos]
[9 de noviembre de 2008]
• La culpa hebreo-cristiana
Volviendo a lo que dije
Ordeno mi biblioteca, mi discoteca, mi hemeroteca/ dejo de fumar, de tomar, de escupir en el suelo,/ sales para el aparato digestivo, para el páncreas,/ y al hígado lo dejo entre su caja, limito sus funciones,/ me acuesto y me levanto como un gallo/ en un país solar, gimnasia cada día,/ y pienso en todo el mundo, nunca en mí./ (¿Ante quién te disculpas, pelotudo?).
[Antonio Cisneros, Como higuera en un campo de golf (1972), en Postales para Lima, Buenos Aires, Colihue, 1999; selección de Jorge Boccanera, prólogo de Alonso Rabí do Carmo.]
[1 de noviembre de 2008]
• El mal está siempre ahí
En la medida en que estemos seriamente preocupados del mal —no solo como un juego de tensión negativa—, veremos que no necesitamos preocuparnos de él como manifestación física: estas manifestaciones se originan en conceptos del nivel-espacio que existen atemporalmente. Es sólo como concepto que el mal es real y está siempre dentro nuestro. Si no podemos aprender a manejarlo en la tierra, seremos atormentados por él incluso en el cielo.
[Taddeus Golas, Manual de iluminación para holgazanes, Santiago, Cuatro Vientos, 2005 (primera edición, 1980), traducción de Alejandro Celis y Gonzalo Pérez B. Título original: The Lazy Man´s to Enlightenment].
[6 de octubre de 2007]
• El fucking corrector otra vez
[En 1947, Raymond Chandler le envía una carta a Edward Weeks, editor de Atlantic Monthly, acerca de un artículo que había escrito sobre la ceremonia de entrega de los Oscar].
A propósito, transmítale mis felicitaciones al o la purista que corrige sus pruebas y dígale que yo escribo en una especie de dialecto que se parece en algo a la charla de un camarero suizo, y que cuando escindo un infinitivo, maldito sea, lo escindo de modo que siga escindido, y cuando interrumpo la fluidez aterciopelada de mi sintaxis más o menos alfabetizada con unas pocas docenas de coloquialismos de taberna, lo hago con los ojos abiertos y la mente relajada pero atenta. El método puede no ser perfecto, pero es todo lo que tengo. Supongo que su corrector de pruebas está tratando amablemente de mantenerme en pie, pero por mucho que agradezca su solicitud, en realidad soy capaz de mantener un rumbo bastante firme, siempre que disponga de las dos aceras y de la calle entre ambas.
[Raymond Chandler, El simple arte de escribir. Cartas y ensayos escogidos, Buenos Aires, Emecé, 2002, traducción de César Aira. Título original: The Raymond Chandler Papers. Selected Letters and Non-Fiction, 1909-1959, editado por Tom Hiney y Frank Mac Shine y publicado en 2000 ].
[10 de marzo de 2007]
• Amores imposibles
La salud de la señorita Kitty se deteriora a la vista de mis ojos. La dulce gata ya no siente alegría, ni curiosidad. En la noche se sube a la cama con dificultad, se cansa, se me acerca, se sube a la almohada, restriega el hocico en mi cabeza con un ronroneo. Su único colmillo me raspa la piel en estos restregones pasionales. Me quedo quieto, me río, protesto, a veces lloro por otras cosas, pero también por su tristeza, por su lealtad inquebrantable. Entre todas las hembras que conozco, solamente ella nació para amarme de forma exclusiva. Un desencuentro lamentable.
—Su pasión es imposible, señorita Kitty, estoy enamorado de una vaca.
[Alejandro Sieveking, La señorita Kitty, Santiago, Planeta (Biblioteca del Sur), 1994; p. 159]
[19 de junio de 2006]
• La comedia
Encadena a mesa camilla en el comedor con Susana de noche enseñando a leer y escribir a Vargas a la luz del petromax. La mano de Susana guía la mano del alumno torpe sonámbula agarrotada con el lápiz traza en un cuaderno de hojas pautadas letras-palabras-oraciones en progresión caligráfica primero garabatos y luego la caligrafía se estiliza, la pluma sustituye al lápiz.
Paso de tiempo: en sobreimpresión páginas y páginas del cuaderno escolar escritas por la mano de Vargas. Cerca, la mano de Susana, quieta, expectante. Vargas se traba en una palabra con la pluma hace un borrón. La mano de Susana se posa en la suya y la guía de nuevo trazando la oración: Señora maestra, soy un comediante.
[Juan Marsé, «El fantasma del cine Roxi», en Teniente Bravo, Barcelona, Plaza & Janés, 1998 [primera edición: 1987].]
[1 de junio de 2006]
• Zoofilia y literatura
Si terminamos temprano, vamos con Andy a tomarnos una cerveza y él me cuenta por qué a los treinta y un años estudia filosofía en la Universidad de Nueva York. Estuvo en la guerra, no en la de
Corea, sino en la grande de Europa, pero tiene que trabajar de noche en este banco de mierda porque le dieron la baja sin honores en la primavera de 1945, justo antes de que la guerra terminara, vida
perra.
Se había echado una cagada, eso es lo que había hecho, una buena cagada tranquilita en una zanja en Francia, y estaba limpio ya y listo para abotonarse la bragueta cuando
se aparecen nada menos que un maldito teniente y un sargento y al teniente lo único que se le ocurre es arrimársele a Andy y acusarlo de haber cometido un acto contra natura con una oveja que está
ahí cerca a pocos pasos. Andy admite que en cierto modo el teniente tiene derecho a sacar una conclusión precipitada, ya que justo antes de subirse los pantalones Andy tuvo una erección que le
dificultó ponerse los susodichos pantalones, y aunque él no podía ver ni en pintura a los oficiales se le hizo que una explicación sería del caso:
Pues bueno, mi teniente, me puedo haber tirado a esa oveja o puedo no habérmela tirado pero lo que interesa aquí es su peculiar preocupación por mí y mi relación con esa
oveja. Hay una guerra en curso, mi teniente. Vengo hasta acá a echarme una cagada en una zanja francesa y hay una oveja a nivel de la vista y yo tengo diecinueve años y no me echo un polvo desde la
fiesta de graduación de secundaria y una oveja, más aún: una oveja francesa, se ve muy provocativa, y si tenía cara de que me le iba a echar encima a esa oveja acertó usted, mi teniente, porque sí lo
iba a hacer, pero no lo había hecho todavía. Usted y mi sargento interrumpieron una bella relación. Creí que el teniente se iba a reír pero en vez de eso me dijo que era un maldito embustero, que
tenía oveja escrita en todo el cuerpo. Y yo lo que quería era oveja por todo el cuerpo. Esa era mi ilusión pero no había ocurrido todavía y lo que él me dijo era tan injusto que le di un empujón, no
le pegué, le di nomás un empujón, y cuando menos pienso, Jesús bendito, me clavan en la cara toda la artillería imaginable, pistolas, carabinas, fusiles MI, y antes de darme cuenta ya estaba en
consejo de guerra con un capitán borracho de defensor mío, que me decía en privado que yo era un asqueroso sodomita de ovejas y que sentía no estar del otro lado procesándome, porque su padre era un
vasco de Montana donde sí respetan a las ovejas, y todavía no sé si pasé seis meses en el calabozo militar por haber atacado a un oficial o por haber jodido a una oveja. Cuando salí me dieron la baja
sin honores y cuando eso te pasa ya puedes ir matriculándote en filosofía en la Universidad de Nueva York.
[Frank McCourt, ¡Ajá! Sí lo es, Bogotá, Norma, 1999 (´Tis. A Memoir, traducción de Carlos José Restrepo), pp. 265-267].
[12 de mayo de 2006]
• Un padre cojo acompaña a su hijo demasiado alto al borde mismo del océano
Sólo te veo a ti, tu cabeza entre las olas que aparece y desaparece, y entonces me siento en una roca y me quedo quieto mucho rato, mirándote, convertido yo también en
otra roca, y aunque a veces mis ojos te pierden de vista o aparece tu cabeza a mucha distancia de donde te habías sumergido, no temo por ti, pues sé que volverás a salir, que las aguas nada pueden
hacerte. A veces, incluso, me quedo dormido, sentado sobre una roca, y cuando me despierto tengo tanto frío que ni siquiera le echo una mirada al mar para comprobar si aún estás allí. ¿Qué hago
entonces? Pues me levanto y vuelvo al pueblo dando diente con diente. Y al entrar en las primeras calles me pongo a cantar para que los vecinos se hagan la idea equivocada de que me he ido a
emborrachar a la taberna de Krebs.
[Roberto Bolaño, 2666, Barcelona, Anagrama, 2004, pp. 802-803 («La parte de Archimboldi»)].
[18 de abril de 2006]
• La metáfora de lo abstruso
Aquí también tenemos a uno de los más interesantes personajes: un hacedor de desiertos. Yo diría que su tarea es muy simbólica. Trabaja como un esclavo carpiendo grandes
extensiones de terreno, desde que amanece hasta las primeras sombras del ocaso. Destruye la maleza pero también las flores. Por otro lado, no se propone desarraigar plantas como paso previo a la
siembra. Hiere a conciencia y en profundidad, tratando de eliminar hasta la última semilla. Si encuentra un árbol inmenso, lo arranca. Si tropieza con una plantación de maíz o trigo, deja ese sitio
como si lo hubiese atacado una gigantesca langosta con pecho de hierro y rostro humano. Los colonos perjudicados odian al carpidor. Se asegura que el Gobierno los indemniza; no sé si ello es verdad,
pero aunque así fuera igual abominarían de él, pues aman sus plantas.
En quince años transformó en baldío una extensión de cuatrocientos metros de ancho por un kilómetro de largo. Su objetivo es dejar estéril toda la Tierra.
[Alberto Laiseca, «Los santos», en Fogwill (comp.), Cuentos argentinos, Santiago, RIL editores, 2006, 2da. edición [2003]].
[27 de enero de 2006]
• Siempre es mejor lo de afuera
El viaje es para mí, ante todo, escritura. Voy viendo todo como si ya el mar, las montañas, los árboles, los edificios, los mercados, los museos, las iglesias fuesen página antes de que surja la primera línea. Ese viaje «por placer» de manadas de turistas lo entiendo como una manera de huir del tedio del sedentario profesional. Recuerdo que Aldous Huxley, en un libro de viajes, comentaba que los turistas solo se ven felices cuando están unidos en un grupo y finjen, durante una jornada, que se encuentran en su tierra. ¿Por qué viajan entonces? No cabe otra respuesta: con el fin de escapar de las posibilidades de no hallarse en casa.
Los viajes evitan la rutina, pero muchas veces son incómodos. Esos que, teniendo dinero, buscan hoteles melancólicos, comen midiendo el efectivo, se sientan en un café a pensar qué pasará en su corte, y van a los museos como a primera muerte, porque tratan de mostrar un interés del que carecen, deberían no moverse de su cuarto. Allí no es extraño que se aburran tanto como fuera de él, subiendo a los aviones o tomando un barco. Epícteto no viajaba nunca excepto cuando era desterrado. Lo peor es que muchos comparan lo que ven y murmuran: «No es para tanto, en mi país hay de esto y de aquello, pero todo en casa es mejor».
[Alfonso Calderón, Retorno a Sicilia, Santiago de Chile, RIL editores, 2006, p. 176].
[15 de enero de 2006]
• Si vas al mar, lleva salvavidas
Aquella odiada escalera por la que siempre subí con tan triste ánimo echaba un olor a barniz que en cierto modo absorbió y fijó aquella determinada especie de pena que yo
sentía todas las noches, contribuyendo a hacerla aún más cruel para mi sensibilidad, porque bajo esta forma olfativa mi inteligencia no podía participar de ella. Cuando
estamos durmiendo y no nos damos cuenta de un dolor de muelas que nos asalta sino bajo la forma de una muchacha que está ahogándose y que intentamos sacar del agua doscientas veces seguidas, o de un
verso de Molière que nos repetimos sin cesar, nos alivia mucho despertarnos y que nuestra inteligencia pueda separar la idea de dolor de muelas de todo disfraz heroico o acompasado que adoptara. Lo
contrario de este consuelo es lo que yo sentía cuando la pena de subirme a mi cuarto penetraba en mí de un modo infinitamente más rápido, casi instantáneo, insidioso y brusco a la vez, por la
inhalación —mucho más tóxica que la penetración moral— del olor a barniz característico de la escalera.
[Marcel Proust, En busca del tiempo perdido. 1. Por el camino de Swann, Madrid, Alianza, 2000, pág. 44. [À la recherche du temps perdu. 1. Du côté de chez
Swann, traducción de Pedro Salinas.]
[11 de enero de 2006]
• Animales de la selva
Los problemas latinoamericanos son de orden histórico, político, económico y social y exigen soluciones precisas con instrumentos adecuados. Desplazarlos a la praxis singular de la literatura
implica, necesariamente, ingenuidad, oportunismo o mala conciencia. La mala conciencia proviene del malestar que los escritores sienten confrontando la situación histórica con los imperativos
particulares de su propia escritura. Frente a esta alternativa son posibles dos actitudes: la equivocada, que se limita a la repetición voluntarista de la circunstancia social, o bien la que me
parece «actualmente» la única correcta y que, a partir justamente de la situación problemática que supone esta mala conciencia, consiste en analizar la propia experiencia y en desplegar este análisis
en la praxis de la escritura.
La novela es sólo un género literario; la narración, un modo de relación del hombre con el mundo. Ser latinoamericano no nos pone al margen de esta verdad, ni nos exime de
las responsabilidades que implica. Ser narrador exige una enorme capacidad de disponibilidad, de incertidumbre y de abandono y esto es válido para todos los narradores, sea cual fuere su
nacionalidad. Todos los narradores viven en la misma patria: la espesa selva virgen de lo real.
[Juan José Saer, «La selva espesa de lo real», en Una literatura sin atributos, Santa Fe, Universidad Nacional del Litoral, 1988, pp. 9-13. Publicado originalmente en 1979, en la revista francesa Magazine Littéraire, en una traducción de Gérard de Cortanze, y reproducido también en El concepto de ficción, Buenos Aires, Seix Barral, 1997.]
[15 de diciembre de 2005]
• Sidi-Madani, lunes 22 de diciembre de 1947
La jornada ha sido maravillosa.
Mucho sol, nubes blancas disolviéndose en el aire.
Paseo con Odette por la mañana hasta una granja en las colinas.
Luego de almorzar, pudimos quedarnos en las terrazas casi hasta las 15 horas. Mariposas. Mosquitas. Rosas.
Un viento del sur, aunque fresco, se levantó cerca de las 16 horas. Violento, sibilante.
No tengo mucho que decir. Nada que probar. Tampoco quisiera explicar nada. Sino más bien describir. Remontarme a lo más simple. Exponer. Simplificar.
[Francis Ponge, «Apuntes en prosa», en Métodos, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2000; traducción de Silvio Mattoni.]
[9 de diciembre de 2005]
• NutraSweet (menos de dos calorías por porción)
Con la guerra, que no hace más que intensificarse, el escritorio sobre el que escribo me parece día tras día más estrecho: tengo el lugar justo para poner una pequeña resma de papel. Y al apoyar mis codos sobre la mesa, no tomo la pluma de la manera como querría. Trabajar como un perdido en medio de tales circunstancias ¿es ser fiel al dios de las letras? Lo ignoro. Simplemente me siento transportado por la convicción casi desesperada de ser fiel a algo. A decir verdad, sin embargo, no hay ninguna razón para que de un trabajo tan insensato germine una gran literatura nacional. Ninguna razón para que de todo esto nazca un nuevo lenguaje, un nuevo estilo, o una nueva literatura en general. A menudo me pregunto qué quiere decir «hacer verdaderamente algo nuevo» en el dominio de las letras. No es solamente «marcar la literatura con el sello candente del espíritu de su época»: sin duda, este término debe poder significar «cantar con la calma impávida de un idiota los instantes absurdos y vertiginosos que componen las páginas de "nuestro tiempo"». Por otra parte, ¿no es posible considerar en todos los dominios: el de las palabras, el del estilo o el de la forma, una novedad que trascienda los conceptos de «antiguo» o de «nuevo» tal como se usaron hasta el presente; es decir, que sobrepase la distinción entre «lo que existía» y «lo que no existía» en otros tiempos, único criterio utilizado para juzgar lo «antiguo» y lo «nuevo»? E inclusive si, desde el punto de vista de las obras del pasado, tal literatura no tuviera ningún «valor literario», ¿llegaría perdurar en el seno de toda la literatura sólo por su valor histórico? Ignorante yo mismo con qué coincide este estado horroroso en que me encuentro encerrado, todo lo que puedo decir es que me muevo con la indiferencia de una marioneta manipulada por los dioses, acariciando un deseo, tanto banal como convencional: el de escribir un relato como nadie lo haya hecho, un relato que se pudiera decir, si llegara a circular: ¡qué bello es! —y en este deseo estúpido estoy totalmente empecinado. ¿Cómo definirlo? ¿Se trata de un triste subterfugio, parecido al que impulsa a inventar un edulcorante cuando la verdadera azúcar falta? Pero apoyándome en la convicción egoísta y fanática de ser fiel a cualquier cosa, me pregunto, en el fondo, a qué soy fiel. Nunca tanto como hoy se le ha reprochado a la literatura estar «sin ilusiones», y nunca el peligro de ilusionarse con esta «falta de ilusiones» ha sido tan grande.
[Carta de Mishima Yukio (Hiraoka Kimitake) a Kawabata Yasunari, 18 de julio de 1945. Tomado de Yasunari Kawabata y Yukio Mishima, Correspondencia (1945-1970), Buenos Aires, Emecé, 2003; traducción de Liliana Ponce.]
[5 de diciembre de 2005]
• La obsesion malsana
Un día, embarcado en poner en orden su estudio, que había instalado en la habitación de servicio, desalojó el vaso donde vivían las lapiceras y las sometió a un chequeo de rutina. La Reform hizo lo que pudo: tuvo un debut sorprendente —el trazo era tan pleno y fluido que daba la impresión de haber sido usada diez minutos atrás—, pero la pluma fue quedándose enseguida sin tinta, tartamudeó, quiso resucitar —el conato dio apenas para que Rímini escribiera la mitad de su nombre—, se peleó con el papel y enmudeció para siempre. Rímini ató las lapiceras reprobadas con una banda elástica —eran seis, todas reliquias fúnebres, y la Reform soportó el traslado apretada entre una Pelikan con la rosca del capuchón falseada y una Tintenkuli cuya punta, distorsionada por alguna caída, tenía la forma de un signo de interrogación-- y las tiró al cesto de los papeles. No sintió nada. No era un acto moral sino de higiene. Hacía ya meses que las traducciones escritas —libros, artículos, documentos— estaban en retroceso, desplazadas por pedidos cada vez más frecuentes de interpretación simultánea, y Rímini, turbado por una transición que no había previsto, había empezado a sentir una sensación de abundancia y de inutilidad. Su escritorio era la prueba más flagrante. La variedad de papeles, la profusión de broches y clips, el amplio surtido de carpetas, desde la clásica de tapas negras y duras, con grandes anillos que se cerraban con un chasquido temible, hasta las más modernas, livianas y transparentes, el abanico de lapiceras, lápices mecánicos —único instrumento con el que aceptaba subrayar los originales que debía traducir— y resaltadores: todos los signos de opulencia que antes lo reconfortaban, de los que se consideraba incapaz de prescindir para llevar a cabo su trabajo, habían empezado a perder importancia y a ganar peso, de modo que lo que siempre había tomado por un entorno acogedor ahora se le volvía un paisaje barroco, poblado de cosas innecesarias, en el que resultaba difícil moverse sin causar accidentes trágicos, volcar un tintero sobre una hoja recién tipeada, doblar con un codo veinte páginas de la copia que debía presentar media hora más tarde, tirar al piso un portalápices cargado de lapiceras rebosantes de tinta.
[Alan Pauls, El pasado, Barcelona, Anagrama, 2003, pp. 182-183.]
[7 de noviembre de 2005]
• El nuevo apogeo
En la época de la que estoy hablando, cuando el mundo se estaba oscureciendo cada vez más y el sol se empequeñecía, corría un dicho entre los hombres: "Si Halón hubiera querido que voláramos, no nos habría dado testículos".
[Brian Aldiss, «El nuevo apogeo», en idem, Los superjuguetes duran todo el verano y otras historias de futuro, Barcelona, Plaza & Janés, 2001, pág. 54.
Traducción de Eduargo G. Murillo (Supertoys Last All Summer Long).]
[11 de octubre de 2005]
• Salita para desayunar
Una tradición popular desaconseja contar sueños por la mañana, en ayunas. De hecho, quien acaba de despertarse sigue aún, en ese estado, bajo el hechizo del sueño. [...] En esta disposición anímica, contar sueños resulta funesto porque el hombre, que aún es a medias cómplice del mundo onírico, lo traiciona con sus palabras y ha de atenerse a su venganza. Dicho en términos más modernos: se traiciona a sí mismo. [...] Quien está en ayunas habla del sueño como si hablase en sueños.
[Walter Benjamin, Dirección única, Madrid, Alfaguara, 1987, p. 16].
[4 de agosto de 2005]
• La página en blanco
Como el tapiz, el hipócrita, el espejo y el oxímoron, la página en blanco tiene dos caras opuestas. De un lado no dice nada, del otro nos dice todo.
En ella, en la página en blanco, se ha optado siempre por ver el vacío. Y sin embargo es tan estentóreo su otro vértigo, gritos y susurros, ejércitos en marejada, ataque, muerte al escritor, entronización del escribiente.
El mayor esfuerzo para un escritor es decir, para alguien que escribe sin destino decidido, a diferencia del escribiente, que sólo copia lo que salta de la hoja en blanco, actualmente el mayor esfuerzo para un escritor tal vez sea acercarse a la página en blanco desde kilómetros de distancia, pasito a paso, descorriendo las telas de araña, los telones, los tendales, las teletas, las telegrafías, los teleles, los telecomandos, los témpanos, los templos, las tormentas, las taras telepáticas, las temulencias, las tenebrocidades, las tentaciones sin tensión, las tentaciones a la teocracia cultural y a las teorías teogónicas del ego y del teto, las teratologías, el téte-a-téte con los tetelememes testamentarios y templarios del Ténaro.
Pasito a paso acercarse a la página en blanco haciendo cada vez más oídos ciegos al cada vez más estruendoso lorerío que salta de ella, de la página en blanco, que bien vista es negra.
Acercársele destronando las órdenes que exigen, que amenazan, prometen, chantajean. Palabras, personajes, paisajes, escuelitas de estilos, tics, tickets que exigen su lugar, su transcripción en la página y que en realidad se parapetan en ella, estando ya instalados en ella, apostando a su persistencia per secula seculorum.
Apostando a su persistencia por presión individual o social, por presión malintencionada o no de letrados militares del orden, puercos Judas, besando a Homero, a la pequeña Scherezade, al pequeño Rimbaud, cerdos, signando sus instauraciones del orden a fuerza de crucifixiones, de estacas en el corazón, de golpes con la regla en los nudillos para que aprendan, para que aprendamos, los aprendices de escritor, a emular sus malditas devastaciones y campos de concentración e impotencias premiadas y reverenciadas, prometiéndonos futuros premios y vasallos genuflexos.
Importa detectar una cruel paradoja: cuanto más sensible, dotado, honesto es un escritor o aprendiz de escritor, tanto más ensordecedor es el lorerío que escapa de su hoja en blanco, tanto mayor es el alud de imágenes y voces y versos que se le precipitan desde su hoja en blanco. Entonces, por un lado está el horror de la afrenta, del trabajo sucio de espantar, rejuntar, enterrar esa basura del cosmos, y por el otro está la gracia, si aceptamos que cuanto más sensible y dotado es el escritor más sobrecogedora y pesante es la carga de telones, templos, tormentas, tentaciones que aparecen tendiendo los brazos desde su página en blanco, negra en verdad.
Horroris vacui (la remanida 'angustia de la página en blanco') o enseñoramiento de lo examinado con especial minuciosidad en los púlpitos de las múltiples cátedras de la ignorancia, la página en blanco es, finalmente, el sitio virtual de lo impronunciado, puerco Wittgenstein, lo impronunciado que hay que conseguir pronunciar aunque haya que revolcarse desesperadamente en la impronunciación. Horroris vacui de un lado, página negra del otro, finalmente importa alcanzar la página real, y para concebirla quizás ayude imaginar el papel en blanco en el que Dante está por marcar los primeros apuntes o versos de la Divina Comedia, o imaginar la voz que carraspea y se aclara para empezar a contar una historia que ahora está en los libros de los Grimm, o imaginar la memoria del ciego que da forma a una frase cuya traducción al indí reza más o menos: «Háblame, musa, de aquel varón de sorprendente ingenio...».
O imaginar el papel sensible antes de revelarse, con la imagen fotográfica en latencia, que puede ser del negro negro (porque se veló, o porque se fotografió al buco del culo, como dicen los italianos, a «la boca del lobo») al blanco blanco (porque se sobreexpuso un puro reflejo, o porque se fotografió un todo blanco), y entre esos dos extremos toda la gama, la posibilidad de cualquiera, de todas las imágenes, la posibilidad del retrato de Dios.
[Texto casi inédito de Enrique Butti (Santa Fe, 1949) que será publicado en Ærea. Anuario Hispanoamericano de Poesía, Año 8, Nro. 8, Santiago-Valparaíso-Buenos Aires, 2005, junto con una selección de sus poemas]. La revista puede comprarse aquí.
[19 de junio de 2005]
• Instinto criminal
Un hombre normal, desde el punto de vista sexual, debería ser capaz de hacer el amor con cualquiera e incluso con cualquier cosa, pues el instinto de la especie es ciego; trabaja al por mayor. Esto es lo que explica las costumbres complacientes, atribuidas al vicio del pueblo y sobre todo de los marineros. El acto sexual cuenta por sí solo. Un bruto se inquieta poco por las circunstancias que lo estimulan. No estoy hablando de amor.
El vicio comienza con la elección. Según la herencia, la inteligencia, el cansancio nervioso del individuo, esta elección se refina hasta convertirse en inexplicable, cómica o criminal.
[Jean Cocteau, idem, p. 107].
[28 de mayo de 2005]
• Habitaciones siniestras
(1930). Estas pequeñas habitaciones de hotel donde acampo desde hace tantos años, habitaciones para hacer el amor y en las que practico la amistad sin interrupción, ocupación mil veces más agotadora que la de hacer el amor.
Al dejar Saint-Cloud me repetía: es abril. Soy fuerte. Tengo un libro que no esperaba. Cualquier habitación en cualquier hotel será buena. Ahora bien, mi habitación de ahorcado, en la rue Bonaparte, se convirtió en una habitación para ahorcarse. Había olvidado que el opio transfigura el mundo y que, sin el opio, una habitación siniestra sigue siendo una habitación siniestra.
[Jean Cocteau, Opio, Santiago, Sudamericana, 2002, p. 58; traducción de Mauricio Wacquez].
[27 de mayo de 2005]
• El mono de la tinta
Este animal abunda en las regiones del norte y tiene cuatro o cinco pulgadas de largo; está dotado de un instinto curioso; los ojos son como cornalinas, y el pelo es negro azabache, sedoso y flexible, suave como una almohada. Es muy aficionado a la tinta china, y cuando las personas escriben, se sienta con una mano sobre la otra y las piernas cruzadas esperando que hayan concluido y se bebe el sobrante de la tinta. Después vuelve a sentarse en cuclillas, y se queda tranquilo.
[Wang Tai (1791), «El mono de la tinta», en Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero, Manual de zoología fantástica, México, Fondo de Cultura, 1957.]
[25 de mayo de 2005]
• No agites el paraguas
Cuenta un corresponsal en Japón del Times de Londres que los antiguos modales japoneses están en crisis. En una estación de metro en el centro de Tokio, una joven sentada en un banco se aplica
cuidadosamente su maquillaje. Una anciana pasa a su lado y manifiesta su desagrado ante la joven. En cosa de un segundo la joven que se maquillaba con tanta serenidad aparece poseída, zamarreando a
la abuela y gritándole a la cara. La anciana termina arrojada en la línea del tren y hospitalizada con con serios daños en el cráneo y el pecho, mientras que la maquillada y furiosa joven termina
tras las rejas.
Es habitual que los ancianos se lamenten por la pérdida de modales de los jóvenes, pero pocas veces esta brecha es tan grande y brusca como en el Japón contemporáneo. Los jóvenes nipones abandonan los rígidos códigos de conducta de sus ancestros en pos de las maneras más relajadas del mundo occidental. Entre los horribles vicios modernos figuran los hábitos de mecer el paraguas, comer en público y cruzar las piernas en el metro. Para frenar este proceso, el gobierno metropolitano de Tokio ha designado una comisión denominada «Grupo de estudio relativo a la prevención de comportamiento que causa incomodidad entre un numeroso grupo de personas en lugares públicos». Un documento del municipio de Tokio señaló que estas conductas «llevan a una declinación en los valores sociales y contribuyen a un ambiente que induce al crimen». Entre las maneras censurables cuentan las de «usar un perfume muy fuerte, llevar bolsas muy grandes, besarse; los niños, llorar; sentarse en el suelo y utilizar el paraguas para practicar el swing de golf».
[El Mercurio, domingo 22 de mayo de 2005]
[23 de mayo de 2005]
El día invisible



