lun

05

dic

2011

Las cosas que se me dan

Mientras termino un texto eterno sobre los perros negros —que, casi seguro, seguiré glosando aquí de manera tangencial hasta que logre avanzar un poco—, me sorprende una noche cualquiera —hoy— cierta revelación agradable. Siendo todavía joven, pero ya no tanto, advierto que ninguna de las habilidades que deseé alguna vez está a mi alcance y, por el contrario, una que no había experimentado nunca se manifiesta con toda claridad: lo que me sale bien, pero realmente bien, es pasear perros.

     Durante un tiempo quise ser músico, escritor, jugador de tenis, vendedor de aspiradoras, astronauta, contador y bombero (en ese orden) y terminé siendo editor de provincias, redactor a sueldo, docente malhumorado, en fin… un cagatintas más o menos persistente y convencido que no reniega de todo eso pero, cada tanto, recuerda aquellas aspiraciones juveniles. Y, lo más importante, nunca, hasta los treinta y dos años, había tenido un perro.

     El tema del paseo con un animal tiene muchas aristas y muy largas (como un polígono imposible), así que las dejaré para la clase de geometría y para el texto sobre los perros negros que algún día será realidad. En lo que me interesa concentrarme es en el don, la gracia, la iluminación que supone pasear un perro (propio, ajeno o compartido) y que ello no me represente ninguna dificultad —ni física ni mental, las más jodidas—, aunque habría que preguntarle al simple si piensa lo mismo. El perro camina, hace lo que tiene que hacer y se vuelve a su lugar de origen como si mi compañía no fuera sino un accidente, un vehículo para su propia felicidad, que de manera incomprensible se transforma en propia.

    Esta noche, hoy, me tocó sacar a pasear a un perro que de alguna manera compartimos con mis mejores amigos. Fui con mi hijo (como otras veces he ido con mi propio perro, pero eso no cuenta) y no tuvimos ningún problema: mientras el niño se divertía, a las nueve de la noche, en los juegos de la plaza, el perro iba de aquí para allá, olía los arbustos que otros perros habían cagado o meado y nada más. Llegado el momento, lancé un escueto “vamos” y, oh, gracia divina, el perro se acercó, el niño también se acercó (al mismo tiempo y al mismo llamado: cosa rara) y nos fuimos de la plaza así, como quien se desangra, sin fricciones.

     Ese perro compartido, apenas unos días antes y todavía un poco más tarde, en la misma plaza, había corrido como desaforado y, lo más vergonzoso, intentó culiarse a una mezcla de pittbul con vaya uno a saber qué por, sin exagerar, al menos media hora, cuarenta minutos, sin lograr absolutamente nada. No es que el perro se haya portado mal pero a las personas que estaban conmigo les dio cierta vergüenza la pasión desenfrenada y persistente, aunque a otro de los que estaban conmigo le pareció que si el intento era contra un perro sin dueño (el border pittbul parecía estar solo: o era guacho o le habían dado permiso) el problema no pasaría a mayores.

     En fin… boludeces que pasan, ¿no? En todo caso, a raíz de todo esto, que vengo pensando en borrador desde que tengo perro propio, estoy llegando a convencerme de que esa, la de acompañar a un perro, es mi habilidad más notable, si tuviera alguna otra digna de mención. Y, por lo mismo, también empiezo a considerar la idea de dedicarme a eso de manera profesional. Sería tan simple como poner una tarifa por hora que, paseando perros en una jornada normal, me alcance para vivir. Después, restaría salir a ofrecerme por los barrios que frecuento como el émulo de Cesar Millán pero mucho menos complicado (suena igual de bien: El paseador de perros, nadie notaría la diferencia). Hecho esto, creo que, además, los beneficios serían incalculables: bajaré de peso, quizás deje de fumar y, con seguridad, estaría mucho, mucho menos cansado.

 

A modo de homenaje, pongo más abajo tres fotos del perro que, hoy, me hizo ver una realidad desconocida. Se llama Tyson. Fueron tomadas en mi oficina en RIL editores el 24 de abril de 2010, a la una de la mañana, cuando trataba de rehacer un libro que la boludez o la mala suerte me habían hecho arruinar (grabé encima una versión vieja sobre una nueva, algo así). El libro era Veinte años de crítica literaria. Las razones de un lector, de Mariano Aguirre, la noche estaba fresca y, si no hubiera sido por el perro, el libro no habría aparecido nunca. 

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sáb

06

ago

2011

Actualización en "Lo que hay que ver"

Se actualizó la sección Lo que hay que ver con una imagen de una veleta, un cielo y una conversación corriente.

    A propósito, cité allí una definición de la Real Academia Española para la palabra en cuestión, y al final de la primera acepción el lector atento podrá descubrir el uso del término mismo con valor pronominal. De acuerdo con la misma fuente, esa palabreja es, fue y será siempre un simple adjetivo. El tema me es particularmente sensible porque, usada como pronombre, forma frases realmente horribles y, claro, por una deformación laboral y quizás también fruto de la obsesión malsana de siempre, desde que tengo memoria he librado una cruzada en cada original que ha pasado por mis manos para eliminarla como pronombre, pues la misma resulta de verdad aborrecible. El tema es que estos señores que limpian, brillan y tanta cosa que saben hacer (son como el Mr. Músculo de la lengua) la usan como si nada de esa forma, así que si alguien me puede explicar por qué, lo agradecería mucho (puede haber una elisión del nombre, pero vamos... nadie lo piensa así).

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mié

03

ago

2011

Nueva columna en BazarAmericano

Con algo de retraso por motivos ajenos a la voluntad de todos los que la hacen (computadores que no funcionan, conexiones imposibles), acaba de aparecer una nueva actualización de BazarAmericano, donde se publica una nueva columna de la serie «Los libros son una cosa», esta vez, sobre ciertas pasiones incomprensibles que despiertan algunos arrabales del trabajo editorial y que continúa una exploración imperfecta sobre el libro como cosa.

     Pero más allá de eso, que es una simple constatación, quizás lo mejor de esta entrega de Bazar sea el rescate de Amalia Jamilis en su condición de cuentista notable y, también, como artista plástica casi desconocida. No recuerdo ahora quién fue el que me la recomendó u obligó a leerla —no eran entonces, y tampoco ahora, libros a los que se pudiera llegar "solo"—, pero sí tengo claro que el único libro que tuve (quizás fotocopiado) fue Parque de animales (publicado por Catálogos en 1998). Los dos cuentos que publica Bazar son estupendos.

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lun

04

jul

2011

Se inaugura el blog de "El día invisible"

Con la idea de vencer la pereza, ahora se incluye en el sitio esta sección, que funciona como un blog común y corriente. Aquí aparecerán textos más breves que, por el mismo motivo mencionado al principio, no logran pasar a alguna de las secciones del sitio.

     Es posible suscribirse mediante RSS copiando la dirección http://eldiainvisible.jimdo.com/rss/blog en lectores como Google Reader u Outlook de Microsoft.

     También es posible dejar comentarios aquí, haciendo clic en el título de cada post (creo), así como en casi todos los textos del sitio, cuando me acuerdo de hablitar el formulario.

 

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